
Como militar, mi abuelo pidió a la vida que alguno de sus 7 hijos le siga los pasos, no sucedió, lo máximo que alcanzó fue un hijo comandante de la policía. Sus ojos estaban puestos ahora en sus nietos, el mayor de todos sería su orgullo, el futuro jefe del comando conjunto de las fuerzas armadas.
El mayor de todos los nietos, resulté ser yo.
El hecho de que fuera mujer, no sacó de la cabeza a mi abuelo la idea de que tenía que ser soldado, desde que tengo uso de razón, me regaló juguetes masculinos, pistolas de todas las formas, tamaños y colores y guantes de box. Cuando se mudó conmigo, mi abuelo esperaba que regresara del colegio para salir a correr, cantando canciones militares "suaves", me hacía saltar a mis 7 años entre lotes baldíos, mis fines de semana los empleabamos en ir al morro solar a pie, ida y vuelta, a visitar la tumba del soldado desconocido.
Más adelante, actos temerarios en bicicleta, bicicross, y pronto motocross, fútbol, cuando me llamaba para el almuerzo gritaba "Ya está el rancho" y me enseñaba que la vida de un militar es la más hermosa que hay, conocería el país a fondo, lucharía por el bien común, si un hombre se pone sabroso conmigo le metía un par de patadas y listo.
Abuelo, lo siento, la adolescencia llegó, y me llamaba más la atención leer un libro que salir a correr, chismosear con mis amigas que hacer bicicross, y ya apenas si comía el rancho, cuando entré a la universidad, entendí tu desilusión... "Comprate un tico para que hagas taxi, ya hay muchos comunicadores" "¿Cuando aprenderás a manejar? ¿para que puedas taxear?" Incluso no fuiste a mi graduación.
Pero hombre, no te quejes, algo de gusto te he dado con mis converse militares, mi buena puntería en disparar pistolas de balines y mi mano pesada para meter cachetadones. Con el tiempo comprendiste que quizás por culpa del abandono del gobierno, la mejor decisión que tome fue no formar parte del ahora deslucido regimen castrence.